En Rusia una sensación de marca personal contrasta con la calidez de la gente.

En Rusia se alteran los sentidos. Hay expendedoras de comidas para cosmonautas, camioncitos que limpian las calles con agua perfumada, bares donde el shot vodka es más barato que el café con leche y un monumento del dictador Stalin con la nariz destrozada, junto a los rostros en piedra de sus víctimas. Hay parrillas en los parques, restaurantes que sirven churrascos con puré, un escritor de los barrios moscovitas llamado Alexander Dolina y árboles desgarrados por candados para el amor, como si el amor necesitara candados. La imagen de Putin se hace omnipresente en la televisión y aparece en matrioskas, encendedores, cantinploras y remeras. Vendedores de Coca-Cola facturan con posnet al pie de la estatua de Lenín, locales como McDonalds generan ganancias sobre las estaciones de subte con el rostro de Karl Marx. En un día se pasa por 37 detectores de armas para ver un partido de fútbol. La marca personal tecnológica o de respiración en la nuca es frecuente, pero contrasta con la calidez de los habitantes hacia los extranjeros. Los jóvenes rusos rompen prejuicios e intentan vínculos personales con los visitantes sin la desconfianza que imperaba en los tiempos de la Guerra Fría. En los partidos hubo control político de las baderas. Los hinchas tenían que desplegar ante una cámara genital que transmitía la imagen a un grupo de agentes que examinaba el rectángulo de tela y determinaba si había leyendas inapropiadas. De hecho, banderas con la silueta de las islas Malvinas fueron secuestradas.
Pablo Calvo

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