Bajo la superficie la TV se ve mueve.

La primera víctima de la velocidad supersónica con que se suceden las cosas en la actualidad argentina es la televisión abierta. Para un medio que se configuró y adquirió identidad sobre la base de un instinto conservador es muy difícil salir sin magullones de los constantes volantazos que pega la realidad en espacios y tiempos cada vez más cortos. ¿Qué hace la televisión abierta ante esta vorágine.? La primera actitud es no ignorarla. Debería reaccionar como el mejor competidor de cualquier reality show dedicado a pruebas de supervivencia. Si la prueba consiste en vadear un río correntoso, hay que buscar con ingenio alguna forma original de atravesarlo sin sufrir contratiempos. Se trata de una respuesta obvia, pero que la TV no suele utilizar. Como nunca en la historia del medio, el consumidor encuentra multitud de alternativas posibles frente a la rigidez del buque insignia. Con el cable, Netflix, la TV satelital, las propuestas on demand, el streaming, You Tube y varias opciones más. De a poco la televisión Argentina comienza a moverse. En cada franja horaria hay un reloj que registra cambios y mutaciones. De a poco la televisión abierta en la Argentina se va moviendo. Lo que pasa por las tardes es un reflejo de la gran batalla cotidiana nocturna. No hay programa diario entre la mañana y el mediodía de la TV abierta con más rating que el antiquísimo El Zorro, un fenómeno casi arqueológico. El público que espera cambios en la televisión abierta es un público más bien tradicional, sensible a lo que pasa y atento a las novedades, pero no demasiado dispuesto a un cambio de hábitos tan radical.
Marcelo Stiletano

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